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Gloria

7:19 a.m. Todo se movió.
Todo.
Fueron las primeras palabras de ella, “la payasito”. Así la llaman los que la conocen.
Su nombre es Gloria.
No es joven, le calculo unos 50 años. Es una mujer blanca y robusta que camina por las calles con un muñeco maltratado entre sus brazos; creo que le recuerda a alguien.
Lleva un carrito de mercado donde guarda una cobija, unos trastes y un poco de comida (chiles jalapeños y tortillas). Ahí también recuesta a su muñeco cuando se cansa de cargarlo o cuando él quiere dormir. Porque también él se cansa de estar en los brazos de su madre.
Me acerqué a ella después de titubear un buen rato, me daba miedo. Miedo a que me pegara o me escupiera o me mandara muy lejos. O peor aún, que me ignorara.
Como niño chiquito que deja atrás a su mamá para entrar por primera vez a la escuela, así me dirigí a ella. Decidida, pero temerosa.
-Hola señora
-7:19 a eme. Todo se movió.
-¿Perdón?
 -Todo. 
-¿A las 7:19?
Y no me respondió. Me dio la espalda y arrulló a su muñeco.  
No quise insistir. No quería incomodarla, además tampoco sabía qué decirle. Me di media vuelta y regresé apenada a mi edificio. Ojalá que no se muera, si no qué voy a escribir, pensé.
Al día siguiente no la encontré, tampoco al otro día, ni al otro ni al otro, ¿y si se murió? Se me hace que sí. ¡Me lleva! no me contó nada y yo de tonta que no le saqué la sopa.
Sí, la verdad estaba actuando de una manera muy absurda, no me preocupaba por la vida de esa mujer, me lamentaba el hecho de no tener una historia que contar para este número. Qué inhumana soy, qué hipócrita. 
Pasé algún tiempo atormentada por mi actitud, hasta que llegué a una conclusión: me voy a olvidar de ella y si algún día la encuentro de nuevo la voy a ayudar, le daré comida o ropa. Tengo que limpiar mi culpa de alguna forma. 

Era una mañana normal, no tenía importancia para mí. Me desperté, me arreglé, me pinté los labios de rojo y me puse el vestido que me regaló Manuel. Mi marido se había ido temprano a trabajar, como siempre. Para aprovechar el día, le dije a Manuel que pasara por mí a las 7 de la mañana, podíamos ir a desayunar, a caminar y después a su casa. 
Federico estaba dormido en su cuna, Juana se iba a quedar con él todo el día. Le di su beso, le dejé su mamila preparada y bajé corriendo para encontrarme con Manuel. A las 7 en punto.
  
¡Adiós payasito, ya vete a tu circo!  
-Chin ¿fue a mí? ¿De plano me pinté mucho los labios? 
-No carnala, fue a “la payasito”, es que ahora sí se pasó de pintura, nomás mírale la cara. 
Y ahí estaba Gloria, mentándole la madre a los chavitos que le gritaron.
-Adelántate hermano, ahorita te alcanzo o ¿sabes qué? mejor come solito. 
Gloria dormía en los jardines del hospital y nunca me había dado cuenta. Asustada, con una taquicardia desconocida, me acerqué a ella. 
-Hola señora ¿cómo está? 
-7:19 a eme. Todo se movió. 
-¿Qué se movió?
- Todo.
-¿Por qué se movió?
-No entiendes ¿verdad? A veces los jóvenes son muy estúpidos, tardan en entender su realidad. Todo lo tienen seguro, la vida, la belleza, la alegría, la energía. Pero vas a llegar a una edad y verás qué cruel y miserable es este mundo, maldito maldito maldito. Te lo juro. 
-¿Por qué dice eso?
-Eres joven.
-Pues sí, tiene razón, soy lenta para entender las cosas pero…
-Maldito maldito mundo, maldito todo lo que con él se mueve. Abandónalo, antes de que se cobre toda tu maldad, porque tú también eres mala. Gánale. Lo único bueno y bendito es mi hijo, ¡míralo! quietecito sin decir nada; lo arrullé, le di su besito y lo acosté en el pasto para que el sol le caliente su espaldita.
-Mi abuelita le hacía lo mismo a mi mamá. Le tendía un trapo en el piso de la zotehuela y dejaba que el sol le calentara la espalda.
-Pero mi hijo es bueno, no tiene maldad en sus entrañas. No como tú o yo, nosotras merecemos morir, ellos no. 
Se quedó un tiempo mirando a su muñeco y empezó a llorar, le ofrecí papel para que secara sus lágrimas pero no lo aceptó, me dijo que le podía contagiar mi maldad.
-Señora ¿quiere que vayamos a comer?
-Trágate esos cuentos, no quiero ni tu dinero, ni tu comida. No te estoy pidiendo nada. 7:19 a eme, todo se movió. 
-¿Por qué?
-Mira chamaca, ya despertaste a mi bebé, hablas bien fuerte. Vete vete, maldito maldito mundo.
-Perdóneme señora, no quise incomodarla. 

7:19 a eme. Todo se movió. 
Salí desesperada del restaurante, dejé a Manuel entre todo el desastre. Corrí a casa temiendo lo peor, le rogaba a todo lo eterno que Federico estuviera bien. 
Mi marido llegó antes, él fue el que me dijo que era demasiado tarde, que no había nada que hacer, que todo era mi culpa, que yo tenía que haber estado ahí, junto a Federico. 
Tenía razón. 

No entendí sus palabras, pero tampoco tenía que hacerlo. Lo que no quiere decir que haya perdido mi interés por ella, por su historia.
Fui con la vecina del 214, la que más tiempo tiene en el edificio y le pregunté si sabía algo de “la payasito”.
-Hija, no la llames así, se llama Gloria. Todos tenemos un nombre.
-Sí, lo sé pero no sabía cómo se llamaba.
-Pobre señora, vieras que era tan guapa. Vivía por aquí, en una casa preciosa, estilo francés. 
-¿Todavía está la casa? ¿Dónde la encuentro?
-No nena, esa casa se cayó con el temblor. Dicen que por eso se volvió loca. 

No lloré, me quedé frente a los escombros por tanto tiempo que me dolieron los pies. La gente que pasaba a mi lado me gritaba, me pedía que ayudara, que hiciera algo. 
Pero él ya no existía.
Me quité los zapatos y me pinté los labios de rojo.
Entonces empecé a caminar.



1 comentarios:

Humberto Perez dijo...

Esa señora siempre me impactò, que Dios la bendiga..

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