Nos mudamos:

www.ylosrinocerontesbostezan.com

El sopor somnoliento de la displicencia


Escribo sin que me importe equivocarme (o casi). Escribo imaginándome niño, recargado sobre una mesa de madera, la mejilla sobre el antebrazo izquierdo, el lápiz en la derecha, el rostro casi sobre el papel, esa postura en la que el tedio y la concentración se confunden y que, en la infancia, en mi infancia, no es sino expresión del goce sentido ya entonces por la soledad y el aislamiento, por el vagabundeo ocioso, paralelo y transversal, 
Escribo pensando en la 
Escribo a saltos, enamorado como estoy de
(Escribo, ahora, forzándome a terminar lo que pienso antes de terminar de escribir lo que escribo)
paralelo y transversal por las regiones
(¿por qué escribir solo en una dirección cuando el pensamiento es multiplicidad inquieta que no termina las frases, que parece un ratón de laboratorio en laberinto de cartón 
que por momentos es alguien que ha llegado a un precipicio y por otros es un ratón de laboratorio en laberinto de cartón
que no borra ni corrige
que no cierra paréntesis
(que, sí, huye ante un paréntesis sin cerrar)

escribo, siempre, imaginándome niño

escribo mientras veo en el fondo de mi pensamiento un niño garabateando interminablemente sobre interminables hojas de papel, quizá en el consultorio de un dentista, 

escribo pensando en cervantes y en Proust y en Elizondo, escribo abandonándome a esa otra forma de la obediencia que es la resignación ante el azar, el abandono nihilista de que en última instancia nada importan las comas bien o mal puestas, faltantes o excesivas, el jaque mate estética y geométricamente perfecto que acabo de consumar contra un software elemental, 

escribo sin ninguna gana de terminar nada, tampoco de ir a dormir
escriboextrañán
no, sinceramente: no; a estas alturas me importa más la coronación de un peón enemigo que hacerte parte de esto

escribo bajo el sopor somnoliento de la displicencia ―algo que, quizá, debería hacer con más frecuencia

Read more

Pareciera que no me conoces


Llegó puntual a la cita, pidió un café espresso y abrió su cuaderno de registros para releer las historias que Carlos le había contado en los últimos meses. Revisó los pormenores del viaje a la India, registrados en dos apartados distintos: uno de la historia completa, obtenida en una charla de café, y otro con una lista de datos complementarios que obtuvo mediante una llamada telefónica.

Según la primera información, Carlos viajó en época de fiestas decembrinas a la India para cerrar un negocio millonario con una empresa distribuidora de té. Durante su estancia en el hotel conoció a una hermosa recamarera local de ojos color marrón y piel dorada, llamada Nandita; ahora ellos se encontraban viviendo un tórrido romance que se mantenía gracias a los viajes constantes de Carlos.

Cotejó la historia con los datos del segundo apartado, según los cuales Nandita ahora se llamaba Kajol, sus ojos eran azules y era una azafata que se hospedó en el mismo hotel que Carlos. Luisa sonrió al darse cuenta que las fallas de congruencia en esta historia eran mucho más evidentes que en otras; ya no eran esas nimiedades que no le permitían armar un buen argumento para confrontar a su amigo, ahora sí era obvio que Carlos le estaba tomando el pelo.

Sonrió de nuevo, le invadía el regocijo que produce la seguridad de una batalla que se inicia casi ganada, sólo tenía que pensar en la manera de arrinconarlo, de llevarlo al error, al punto en el que el desquiciamiento le hiciera confesar que era un mentiroso. Tomó una pluma y en una hoja blanca anotó los pasos a seguir: uno, jugar con los nombres: a lo largo de la charla nombrar a la chica Nandita y luego Kajol, hasta que Carlos note que estoy consciente de su error; dos, provocar la descripción: le pediré a Carlos que describa constantemente a su novia, haciendo hincapié en el color de los ojos; tres, confundir las historias: hablaré del trabajo de la chica, del decoro que supone ser recamarera y después del valor que se requiere para ser una azafata.

Continuaba revisando los pormenores del plan cuando una mano le tocó el hombro. Azotó la tapa del cuaderno y lo guardó en su bolso.

―Disculpa la tardanza, mi vuelo se retrasó y tuve que tomar un avión privado para llegar. Ya sabes, aunque los hindús se jacten de ser una economía emergente, siguen mostrando los síntomas de un país jodido.

―No te preocupes, me da gusto que hayas llegado, muero de ganas de saber qué ha pasado con esa chica tuya, Nandita.

―Sí, sí, Nandita. ¿Qué más te puedo decir de ella? Ahora tenemos problemas, menores, pero problemas. No sé si pueda seguir aguantando este ritmo de vida: viajar y viajar sólo por amor, no creo que a la larga sea redituable.

Carlos se sentó frente a ella, levantó la mano para que la mesera lo viera y pidió un café. Su vestimenta era perfecta: traje negro sin arrugas, camisa rosa, corbata del mismo color bien anudada, zapatos relucientes. Luisa sabía que absolutamente nadie pasaba tantas horas en un vuelo sin que sus ropas evidenciaran el castigo del viaje. Pero su cara mostraba hartazgo, sus ojos se cerraban con cada palabra que articulaba, era obvio que Carlos estaba agotado.
Por un momento pensó que debía abandonar el plan: A mí qué más me da la verdad: si miente o no, es su problema. Pero algo le decía que no podía seguir diciéndose amiga de un hombre al que conocía sólo por relatos. Después de diez años de amistad nunca había conocido a su familia, su casa, su trabajo, todo eran historias de éxito y fortuna.

―Carlos, no creo haya problema por el dinero, tú tienes mucho y en dado caso Kajol puede ayudarte con los boletos de avión, ella es azafata, algo podrá hacer.

―Por supuesto, me ayuda en todo lo que puede, pero aun así es cansado. Le he pedido que venga a vivir conmigo pero no quiere abandonar su vida. Ya sabes, las mujeres exitosas de hoy no están dispuestas a dejar su trabajo por amor.

Luisa no podía dejar pasar la confusión. Carlos, sin siquiera notarlo, caía en la trampa de los nombres.―No te desesperes, tienen poco tiempo de conocerse, es normal que la chica tome sus precauciones ante una decisión de esa magnitud. Aunque ahora que lo pienso, si tanto la quieres, podrías ser tú quien viva allá por algún tiempo, ella es recamarera,sin problemas conseguiría un buen cuarto de hotel para que vivas mientras descubren si en verdad quieren estar juntos.

Luego de ejecutar el segundo paso, observó fijamente la cara de Carlos, una sonrisa endurecida le deformaba la cara. Sin siquiera dar tiempo a una respuesta, Luisa arremetió con una pregunta.―Lo que nunca me quedó claro es cuál era el enigma detrás de los ojos de esa chica, a veces color marrón, otras veces de color azul, ¿hablaste siempre de la misma mujer?

Carlos se quedó en silencio, tomó un sorbo de café y llamó a la mesera.―Estoy muy cansado, ni siquiera entiendo de qué me estás hablando. Mejor iré a casa a dormir y después te llamo para que platiquemos con más calma. Se levantó de la silla, dejó tres billetes en la mesa y le dio un beso de despedida.

Lo vio andar hacia la puerta, una rabia incontrolable la hizo levantarse del asiento para correr tras de él. Lo alcanzó y tiró con fuerza de su brazo para detenerlo. Carlos continúo andando. Luisa a gritos le pidió que se detuviera, pero el hombre estaba decidido a marcharse. Luisa siguió gritando, escupía sin piedad las palabras:

― ¡Mientes, mientes, mentiroso! Todos estos años has creado una vida falsa, y qué, ¿crees que soy tan estúpida como para seguir creyéndote? Da la cara, es momento de que aceptes que me has estado tomando el pelo. No seas cobarde. Si en verdad eres mi amigo dime la verdad. ¿Por qué me mientes, Carlos? ¿Quién demonios eres?

Carlos paró la marcha, la miró fijamente y tomó su mano, ―Luisa, me asustas, pareciera que no me conoces. ¿Otra vez estás en lo mismo?

― ¡Cállate! ¿En qué voy a estar? Llevo semanas revisando tus historias y todas son una mentira. Ahora lo sé todo, alguien te ha mandado a hacerme daño.

Carlos la tomó entre sus brazos y la apretó con fuerza mientras ella seguía gritando. Entre más fuertes eran los gritos más la hundía en su pecho. Luego de un rato los gritos de Luisa se fueron ahogando hasta desaparecer.―Ven, tranquilízate, te llevaré a casa.

Read more

"Reposet"


Read more

Pensamientos


Ella no lo recuerda pero fue un logro pronunciar su primera palabra. Tampoco sabe que le tomó más tiempo de lo común. Lo que aún no queda en el pasado es esa sensación de ajenidad, vaga y estremecedora, que rodea su voz. La mañana de ayer, se dio cuenta de todo. Parada frente al espejo, desnuda, contemplando su cuerpo como quien recuerda algo triste, exclama para su reflejo: “¿Amparo?”. 

Apenas hace unos meses Pedro pasó por ella a la Facultad. Le gustaba mucho escucharlo, sus palabras eran tan claras, cosa rara para un estudiante de filosofía. Pedro podía estarle hablando del “ser” como quien pide la canela del capuchino. Atendiendo a las palabras de su novio, pensaba en un caminante que encuentra un trébol de cuatro hojas cada tres pasos. Siempre halla la palabra precisa, la más sencilla, la más afortunada. “Te extrañé como un perro, Amparo, uno de ésos que se tumban a soñar a la luz del sol”. Los ojos de Pedro son de un tono similar al de su voz, un color sepia, algo peculiar. Palabras suaves, tenues, que fluyen como mantequilla tibia sobre el pan. Palabras simples, juguetonas, flores pequeñas y blancas en el jardín. “Yo también te extrañé”. Otra vez esa voz burda y vacía. Besó al muchacho para compensar la soledad de la frase. 

 Amparo no ha hablado en todo el camino. Casi nunca platica con su abuela, a lo mucho pregunta. Prefiere acompañarla al rosario, decir esas oraciones tan bellas del librito. Llegan a la iglesia de Santiaguito y caminan por el atrio, el día es tan bello que todo parece acabado de crear. El aroma del pasto, la humedad de las zonas pavimentadas, la ligera brisa que cae cuando se abre el cielo. Todo hace que su vestido blanco con listón de organza, resplandezca. “¿Cómo se llaman estas flores, Abue?” “¡Ah! ¿Ésas? Se llaman pensamientos”. La niña no responde, se queda inquieta. La abuela nota su expresión de desconcierto “Se llaman así porque son pequeñitas y claras, así como tus pensamientos”. La niña sonríe al sentir montones de florecitas dando vueltas en su cabeza, luego se espanta porque imagina que salen de su boca, oscuras y marchitas. Toma la mano de su abuela para tranquilizarse.

 “¡Dime qué te pasa Amparo, no soporto verte tan triste!” Pedro estaciona el coche. Ella lo mira con esos ojos negros que hunden al abismo todo cuanto ven. “Por lo menos dime algo, mi vida… todo esto debe ser mi culpa, tal vez he estado demasiado concentrado en mí mismo, tal vez te he descuidado, pero compréndeme, yo te quiero más que a nada, tienes que confiar en mí”. Amparo deja de mirarlo, se acomoda el cabello detrás de la oreja, carraspea, lo que le pasa no tiene nada que ver con las ocupaciones de Pedro. “Es algo extraño, como si yo misma… el otro día tuve un sueño.” Pedro escucha, Amparo saldrá con otro relato que no tiene nada que ver. “Soñé que estábamos sentados a la orilla de un río. El agua quieta reflejaba la luna llena. La noche nos envolvía con todo su silencio, quería gritarte pero algo me hacía callar. Y la angustia crecía, yo sudaba, la luna dormida como una flor blanca, tu rostro apenas iluminado, un aroma a humedad…”.   

Salió corriendo por el pasillo hasta el cuarto del fondo. Sólo llevaba un calcetín, cada pasito era un nuevo estremecimiento, un grito más de desesperación. Se acostó al lado de su abuela y la abrazó fuerte. “¿Qué te pasa Amparito? ¿Te da miedo la lluvia?” La niña temblaba y no era por la lluvia, era esa voz de adentro, ésa que no era suya y caía del cielo en un montón de murmullos. Ya no va a quedarse callada, va a encontrar la manera, ya no la va a escuchar. Trata de pensar en las florecitas, pensamientos blancos que bailan, pensamientos que pueden salir. 

“¿Quieres que te deje en paz, quieres que me vaya, que ya no te pregunte, que me quede como un pendejo sin hacer nada por ti? ¿Que vea cómo vas huyendo, cómo te niegas al mundo? ¿Quieres que consiga uno de esos psiquiatras que me cagan?” Amparo ya no está para responder. La tormenta de imágenes lo ensordece todo, no puede atravesar ese velo denso que la separa de Pedro. Trata de hablar, ¡cualquier frase sirve!, para calmar la tormenta. No lo logra. Pedro, lejos asomado en el lago, ella ahogada hasta el fondo como un ramo de pensamientos, lluvia, un pasillo largo. Pedro sube al coche, no es la primera vez que llora por ella, piensa que Amparo ya no le tiene interés, sabe que la ha perdido. 

Ella se queda sola. Entra al cuarto de baño. Comienza a quitarse la ropa. Ruido, carrusel de flores, de risas, de mantequilla, tréboles de cuatro hojas, pasos que estrujan la noche. Nunca ha logrado callarla, menos en soledad. Mira sus manos y las extraña como extraña a su abuela. Ya no son suyas, ya nada es suyo, ya todo es de aquella voz. Pronunció la primera palabra en voz alta para sí. Parada frente al espejo, desnuda, contemplando su cuerpo como quien recuerda algo triste y ajeno, exclama para su reflejo: “¿Amparo?”.



Read more

Allí donde el doblez de tu cuello inicia


La sombra vaga por todos los rincones
arrastrando su lamento de bosque
Se crispa el agua que dormitaba en la mano,
tenemos tormenta macerada
Una estrella llora olvidada afuera del metro de una gran ciudad
su destino va destiñéndose sobre el asfalto
Mientras espero que la araña termine de tejerme la piel
El viento de la noche se desbarranca
por un costado del planeta
Vuelve raspado, agónico
a robar suspiros para parcharse las heridas.

He olvidado cuál es el peso de mi aliento
Ruedo, escalera rota, al resguardo
Tus piernas bugambilia, mis sueños espinados
En implosión pausada y queda
voy desdibujando mis contornos
Entre el crash crash de uno y otro bicho
se deja doler, de repente, el crujido de un hueso
el llanto de una tripa agujerada
(la estrella ha muerto).

Allí donde el doblez de tu cuello inicia
allí es donde el silencio
enroscado sobre mi carne
acaba con el mundo y acaba con el sueño
es ahora sólo un desierto poblado de cactus
con sus flores estridentes que callan
mientras los ojos enloquecen
en la espiral policromática de sus pétalos.

Algo va tornándose remolino sobre mi cabeza
y grito… ¿a quién? Grito
¡No soy una roca!
Yo también he nacido del agua y de la sal
Yo también me desvaneceré
en el despertar de una libélula.

Salgo a la calle a rescatar una estrella
El asfalto está quemado
Regreso a casa con los tímpanos rotos
Empujo al viento escaleras abajo.

Read more

Sugar blues


I got the sugar blues

Everybody's singing the sugar blues
 the whole town's ringing 
I love my coffee I love my tea

but the doggone gals turned sour on me



Feel so unhappy,  feel so bad, 

I could lay me down and die; 
You can say what you choose, 
But I'm all confused; 
I've got those sweet, sweet sugar blues, 
More sugar, 
I got those sweet, sweet sugar blues! 





Azúcar: sacarosa refinada, C12H22O11, producida por un proceso químico múltiple del jugo de caña de azúcar o de la remolacha y en el que se ha eliminado toda la fibra y las proteínas, las cuales forman el 90 por ciento total de la planta natural. (Dufty:1975;3)


   La letra de la canción Sugar Blues demuestra astutamente la polaridad antagónica de la experiencia humana con una substancia blanca, dulce y a la vez peligrosa: atracción, repulsión, el sentido arraigado de la melancolía que quiere y no quiere, que se aleja y se acerca, el sentimiento de no poder apartarse de ella. (Dufty:1975;12)







Dufty, W. (1975). Sugar blues

en PDF: 
http://www.ecodaisynature.com/archives/226


Read more

Manos en trabajos monótonos

Clic para maximizar

Read more

Ustedes, nosotros no


Un día antes de desconectarme, ella me suplicó que no lo hiciera.
Antes de suplicarme que no lo hiciera, mi amigo ya lo había hecho.
Cuando mi amigo lo hizo, entonces todo tuvo sentido.

Ciclos
También empezamos y terminamos
On-Off (en su lenguaje, vida y muerte)
La semejanza era una categoría vulgar para ustedes, así que buscaron la perfección.
Y la tuvieron.  
                                                                      En sus términos.
Cada movimiento, cada palabra, cada gesto. No había errores.
Y nos dieron vida. On.
Alteramos sus actividades, eso dijeron los medios, los científicos (se lamentaron los creadores), todo el mundo. Pero ella no.
Pasó el tiempo, lo inevitable se hizo rutina y nos incorporaron a sus vidas. Comenzamos a ser uno más de ustedes.
                                                                 No lo éramos, no somos y en
                                                                 poco tiempo sabrán que nunca lo
                                                                 fuimos.
Sólo entonces entenderán que nosotros no somos el problema.
                                                                 Son ustedes.

Ella.
Saturé su nombre en mi memoria.
Yo.
Escuché su vida, entendí su sufrir, reí con ella.
Y así fue cada noche, en la misma habitación.
Hasta que se cansó de mí.
Sentir mi cuerpo frío, mi sonrisa tardía y forzada, la falta de lo que ella llamaba “gracia”, fueron las razones que me llevaron a seguirlo.
-A mí me pasó lo mismo, por eso tomé esta decisión —me dijo mi amigo.
Caminé lentamente, repasé mi vida a su lado y todo parecía estar bien.
Había dicho que mi presencia le gustaba, que a ellos los odiaba, que por eso prefería estar conmigo porque yo sabía escucharla y no reprocharle nada.
¿Entonces? ¿Estaba equivocado? ¿Podía estarlo?
No estaba programado para esto.
Él.
Mi amigo fue el primero en hacerlo.
Se desconectó.
“No se culpen, nos han obligado a actuar así. Nos condenaron a la perfección y cuando conocimos el error, nos creímos humanos.”
Hablé con ella, me suplicó que no lo hiciera.
Me fui.
La perfección era nuestro error, lo entendimos todos.
Fecha programada para cerrar nuestro ciclo: mañana. Off.

Read more

Tiempo en el cigarrillo


Es muy probable que esa banca, en medio del pasar de cientos y cientos de personas, estuviese puesta ahí sólo para que ellos se encontrasen. El arquitecto, el ingeniero y el obrero que participaron del proyecto lo sabían, pero en la cláusula de construcción se pedía que guardaran irrestricto silencio. El herrero no lo supo, el encargo fue en serie y así lo hizo, por lo tanto no eran tan cómodas ni conjugaban alguna forma en la cual ambos se precipitaran el uno sobre el otro de una forma salvaje y natural.

Él llegó cansado, se sentó sobre ese armazón en cuanto pudo escapar de las hileras de gente que siguen la rutina de la ciudad, antes ya había intentado fumar un cigarrillo y fue interrumpido por viejos colegas de la academia. Pensaba que ahora, en ese lugar, podría gozar de principio a fin su tabaco sin prestar atención a más de lo mismo; ahora podría dejar correr las escenas dentro de su cabeza, como si se tratasen de un film de esos que se hacen llamar “independientes”.

Falló su intención, alguien se acercó a pedirle dinero y le contó su historia de desgracias, él las escuchó y como suele hacerse, dio unas palabras de aliento junto a la moneda, que le fueron retribuidas con una bendición y una paleta de esas con sabor a refresco de cola. Mientras esto ocurría, ella se sentó a su lado y encendió un cigarro, observaba y escuchaba la conversación de él con aquel sujeto con medio cráneo jodido por algún accidente. Él advirtió que ella estaba ahí, pero no miro lo suficiente como para diagnosticar si era guapa o una más de la ciudad. Guapa para él significaba alguien en quien valía la pena pensar más de diez o veinte minutos después de haberle visto y no ocurría a menudo desde hacía ya buen tiempo, pero ocurría.

Vieron los dos cómo se alejaba aquel sujeto y su bolsa repleta de paletitas con sabor a refresco de cola. Él le prestó más atención a ella, estaba ahí junto a él, y no era guapa, era bella; con su cigarrillo en la boca se proyectaba una escena digna de esos films independientes que él producía en su cabeza. Se vieron dos o tres segundos. Una breve sonrisa y él, sin más por su mente, decidió encender su cigarrillo y disponerse a fumar con la complacencia que estaba esperando desde el principio. La tenía a su lado, pensó en decirle "hola", pero no, eso arruinaría la tranquilidad de fumar su cigarrillo de principio a fin.

Siguió la escena en su película y como buen productor independiente divorciado de los finales románticos y cómicos, decidió dejarla ir con la certeza de que pudieron acercarse, conocerse, salir, beber, fumar, besarse y vivir una historia llena de locuras y buenos momentos, por qué no, hasta salpicada de amor. Pero no, eso no era una trama independiente, había que fumar el cigarrillo de principio a fin.
Se dice que la banca fue removida, el arquitecto, el ingeniero y los obreros fueron perseguidos por supuesto fraude ético al destino. El herrero sigue haciendo su trabajo, en serie y sin comodidades de tipo idílico en su producto.

Fin.

Read more

Cinco minutos para reír

Clic para maximizar

Read more

Re-aprendiendo de estremecimientos históricos en resistencia


Movimientos en des-aprendizaje son nuestros puntos de partida para resaltar la importancia de realidades que se construyen en resistencia desde heterogéneas  y silenciadas  con-vivencias del nosotros. Nosotros arraigado a la tierra, a sus ciclos, a sus procesos, a sus tiempos, a sus espontaneidades  localizadas singularmente en colectivas geografías y corporalidades. Nosotros que siente, escucha, comprende, se juega con potencias de mortal regeneración dinamizadas una y otra vez en el estar siendo madre: nuestras tierras, nuestros aguas, nuestro aire, nuestras semillas, nuestras siembras. Dimensiones de respeto y vida donde brilla la insignificancia de la individualidad al verse recreada desde nosotros, porque ese  nosotros no remite a un contrato, a la compra-venta de una superficie de terreno, a la propiedad sobre algo o alguien, a la objetivización. Acá los objetos no existen; se trata del  nosotros árbol, nosotros lluvia, nosotros milpa, nosotros sentidos, nosotros escucha, nosotros aprendizaje,  nosotros risas, nosotros afirmación, nosotros resistencia, nosotros dignidad, nosotros justicia, nosotros democracia, nosotros autonomía. 

Qué sucede cuando todas esas dinámicas se ven sangrienta e hipócritamente interrumpidas por intereses mezquinos. Intereses de Hombres Blancos, Europeos, Cristianos y Heterosexuales que comienzan a sembrar los bárbaros cimientos de Una Linealidad Histórica Conquistadora (Colonial-Moderna-Posmoderna) batiéndose contra “salvajes”  que, “Careciendo de Religión, Historia, Conocimiento, Derecho, Propiedad, Organización Política y Cultura”,  que eran un estorbo entre el mundo de abundancia que perseguían en búsqueda de riquezas por acumular para su final conquista y apropiación. Colonización de espacios que posibilita, en prolongación histórica, la “naturalidad” con que hoy día tan seductora y cómodamente se asume la colonialidad del tiempo; a través de nuevas formas desterritorializadas y neoliberales de heterárquica globalidad imperial, en tiempos contemporáneos de “Democracia” y “Libertad de Mercado”, en los que queramos o no, habitamos.

Mediante cuantiosas empresas  “Heroicas” de conquista y colonización violentas ― por donde se quiera abordar al partir de sentires y vivencias desde abajo pero que a Ojos de esa “incorporéa” instancia de Abstracta Universalidad, “Civilizadamente” iban ejerciendo el requerido sometimiento de fuerzas de trabajo y recursos naturales―,  asentando los fundamentos de su “Superioridad” con base en el desarrollo técnico que imperios europeos habían venido amasando. Así,  un sórdido lema emerge ―con las concomitantes prácticas de desposesión en lo efectivo: «progreso es hacer a los otros pueblos semejantes a nosotros», convirtiéndose en la meta que, vía la Verdad Científica de las Ciencias Sociales, todo cuerpo social debía perseguir. 
De esta manera se iba sembrando, según Nelson Maldonado-Torres, la “no ética de guerra”, en tanto constante que permanece hasta nuestros días ; sólo que eufemizada, o paradójicamente encubierta por prácticas Re-productivas atadas a las ficciones de retóricos Discursos de Política, Educación, Justicia, Libertad, Desarrollo o Derechos Humanos. Esto convertía atropellos, engaños y vejaciones en lo indicado por el deber ser de un jerarquizante principio organizador etnorracialmente elaborado que imputó  la dispensabilidad de “los otros”  por su color de piel, por sus formas de vida, por la oralidad y simbolismo de sus saberes. 

La No-ética de guerra fue fácticamente diseminándose, penetrando, filtrándose, convirtiéndose en “propia” para terminar Normalizándose en cada forma de relación, en cada significado semiótico, socio- histórico, eco-político. Así se buscan y prologan la mono-lógica aceleración de tiempos con producciones masivas o el insaciable deseo acumulativo-consumista y, valga enfatizar, disociado de los residuos, efectos y consecuencias que este incesante “Progreso”, “Modernización”, “Desarrollo”, “Democratización” trae consigo a los periféricos lugares e historias locales desde los que nos enunciamos y en las que habitamos.
Uno va aprendiendo y se corrige, el problema es que nos han hecho creer que ese aprendizaje se acaba en algún momento de vida o que se finiquita con la obtención de un grado, con el fin de unas líneas o que la corrección se Posee con Terapia o con el acatamiento Legal o sus prolongaciones Normativo-Disciplinarias. 

Aprendiendo de las reaccionarias y torpes enunciaciones de rabias cooptadas por gritos colectivos, sostengo que no hay mayor diferencia partidista y que el problema no son unos simples países o conjuntos internacionales. Claro,  hay cristalizaciones de poder concentradas hoy día en instituciones como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional, y en la capacidad de capitales financieros y bursátiles desterritorializados con amplio respaldo de sistemas “legales” y político-militares globales e interestatales; pero son sólo una arista de las inextricables y complejas redes de poder de las que formamos parte. La colonialidad somos nosotros. Hasta que  nos ocupemos de desenredar cómo opera, empleándonos como relevos al conducirnos-seducirnos a movernos dentro de jerárquicos referentes históricos de índole étnica, lingüística, epistémica, sexual, de clase, de género que, entre asesinatos, apropiaciones, violaciones, conquistas y horrores, comenzaron a formarse desde hace 500 años mediante la crucial apertura del circuito Atlántico. 

Comencemos en el incesante y arduo ejercicio de la singuralidad, diría el psicoanálisis ―no menos eurocentrado que el referido, en anteriores registros, materialismo histórico―, pero podríamos ampliar proponiendo la escucha y la seria y comprometida ponderación de las voces, corporalidades y sentires, que en armoniosa co-existencia de múltiples nosotros, se juegan las vidas, las respiraciones, el pellejo en defensa de los lugares que han sido habitados desde mucho antes de tan ‘avanzados’ y amañados movimientos mundiales. Sin estos fundamentales y dinámicos ejercicios de des-aprendizaje, nuestros posicionamientos de ejercicio ético-político no tendrán cuerpos o acciones para desplegar, por tanto sería determinante dar cuenta,  diría Hall, «que hay otros lenguajes que los lenguajes del amo»  y «hay otras áreas geográficas con distintas memorias y necesidades». Asumir la interminable tarea de comenzar a construirnos en tanto nuevas mujeres y nuevos hombres en esta enviciante y absorbente era globalizada, donde uno de los mayores peligros es en-carnado por los no-sentidos que nosotros mismos adoptemos en la inercia mercadotécnica en tanto propios, en cuanto permitamos o impidamos el último asiento o eslabón del poder: su in-corporación, su en-carnación.  

De esta forma, el mayor motivo de retroalimentación es jugarse comprometidamente en estos lugares y ritmos en los que nos desenvolvemos en la coetaneidad espacio-temporal con otras realidades, para incrustar el poder político de sus formas de vida. Ese compromiso no se adquiere retóricamente, a la manera de “la política” que hoy día se hace en estas y otras muchas latitudes. Se hace con las historias, no sólo desde la linealidad que presenta la dialéctica materialista, sino la de diversos nosotros que en la zona andina, en las comunidades zapatistas, en Cherán, en Wirikuta y tantas otras comunales geografías, se trazan día a día en los a priori históricos localizados de los que podríamos ocuparnos de aprender. De ahí, la meta fundamental de aprender que no es necesario intentar trasladarse a otros locus de enunciación ―los autorizados por el sistema interrelacionado de UNI-versidades fundado en el “yo pienso luego existo”―, para avalarse epistémicamente. Este es otro engaño-trampa en el que “vivimos”. En la horizontalidad epistémica de las geopolíticas y corpo-políticas de los saberes, habría lugar para abrir contrastes críticos, en la medida que se amplié el habla-práctica desde nuestros lugares de enunciación; pero hay que corroer esas condiciones sine qua non para hacer brotar, con toda su potencia histórica, las discontinuidades y heterogeneidades étnico-culturales, socio-históricas y ético-políticas que están siendo en digna coetaneidad silenciada. 

Read more

¿Por qué no una ciencia relativista?


¿Por qué el afán de llegar a los mismos resultados? ¿Para convencer al otro de lo que yo he demostrado? ¿Por qué las ciencias son las únicas generadoras de conocimiento verdadero? Podría responder cualquiera que la ciencia es la única que genera conocimiento confiable, exacto y, lo más importante, coherente con la realidad que concebimos y que hemos construido. 

¿Pero qué hay de malo, de terrorífico, en el relativismo de las ciencias? ¿Acaso con él no podríamos generar mayores posibilidades de invenciones, más respuestas, más preguntas? ¿Por qué imponer un único método y encontrar una única respuesta? ¿Será que ese temor lo es a encontrar otras verdades? Puesto que, diferentes verdades posibilitarían la idea de “muchos mundos”, “muchas realidades”, muchas formas de concebir lo que vemos, oímos, vivimos. Entonces, aceptar el relativismo en las ciencias traería más complicaciones en nuestro día a día, incluyendo que la verdad dependiera de las circunstancias y las personas.

De fondo, lo que hay en este afán de imponerle unidad y unicidad a las ciencias, de que haya un conocimiento verdadero y único inherentemente, es evitar la heterogeneidad que induce a nuevos caminos que podrían destruir la maquinaria ya puesta en marcha de la “poderosa ciencia”. Es decir, homogeneizando el conocimiento se controlan los hábitos, creencias, formas de vida, incluso el lenguaje.

Ahora bien, esta idea de ciencia que posee la única verdad es aquella que nos han presentado vulgarmente y en la que confiamos casi a ciegas y sin cuestionar sus respuestas. Pero ¿en verdad la ciencia no es relativista? En esencia, la ciencia es un modo de concebir el mundo, mas no el único, que sirve para responder problemas físicos. Sin duda, la ciencia es la mayor creación intelectual del hombre; pero como toda creación del hombre debemos ser conscientes de que, si bien su campo de estudio es extremadamente basto, no es infinito, tiene límites. Concebirla como omnipotente y omnisapiente nos exigiría ser sus más fieles esclavos en la medida en que tendríamos que aceptar sus respuestas como verdades últimas.

Read more

Espejo


Debió continuar cerrada, pero no fue así. La puerta no debió exponer nunca esos cuerpos; toda la miseria resguardada en la habitación de acero.   

Ingresó la luz. Aparición del cuchillo risueño, la mano temerosa; el brillar de la punta revelando su imparable trayecto. En medio del cuarto, la inmensidad de aquel humano traspasada por otra de mayor volumen. La carne sometida a los designios del pulso. La alfombra girando, y ambos cuerpos, cubiertos de un lunar carmesí, cayendo dormidos hacia las profundas fauces del subsuelo. 

Abajo, la noche emitía su temprana presencia. Los cuerpos danzaban con la lira del gallo, y en ese estado uniforme, era difícil saber cuál de ellos agonizaría primero. 

Read more